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2013-14 RAY BRADBURY: LA POETICA DEL FANTÁSTICO.

 

«La literatura realista no es más

que un paréntesis dentro de la fantasía,

que es la esencia de la literatura»

Jorge Luis Borges

 

INTRODUCCIÓN

  Llegué a conocer la obra de Ray Bradbury a través de la lectura de Crónicas Marcianas en la edición de Minotauro, traducida por Francisco Porrúa y con un excelente aval, en forma de prólogo, de Jorge Luis Borges. A partir de ese momento, Bradbury se convirtió en uno de mis referentes dentro de la ciencia ficción. Su reciente fallecimiento me da la oportunidad de reflexionar acerca de lo que ha sido su obra en todos los formatos. Este artículo no es otra cosa que un homenaje a un escritor que supo emocionarme y llevarme a lugares donde ningún  hombre ha ido antes [1].

 

EL AUTOR

 

Raymond Douglas Bradbury nació en Waukegan, estado de Illinois, USA, en 1920 y falleció en los Ángeles el 5 de junio de 2012 a la edad de 91 años. Desde pequeño se vio atraído por la literatura, primero como lector, y después como colaborador en emisoras de radio, donde prestaba su voz narrando cuentos para niños. Según sus propias afirmaciones, escribió su primer relato a la edad de 12 años. Este relato consistía en una continuación de las novelas marcianas de Edgar Rice Burroughs, que incluso fueron dedicadas por el pequeño escritor al autor del imborrable Tarzán.

 

En 1934 su familia se traslada a Los Ángeles, donde descubre su otra pasión: el cine, probablemente impresionado por el ambiente hollywoodense. Termina la High School, el bachillerato, en 1938 y, debido a la situación económica familiar, no puede acudir a la Universidad, por lo que empieza a trabajar como vendedor de periódicos. Estos condicionantes permiten afirmar que su formación literaria puede considerarse completamente autodidacta.

Publica sus primeros relatos en 1938 (en un fanzine propio) y  su primer trabajo literario remunerado se publica en 1941 en la revista Super Sciencie Histories. Esta primera historia tiene como tituló Péndulo. A partir de 1943 ya vivía de lo que escribía, recibiendo el premio al mejor relato corto norteamericano en 1945 por The Big Black and White Game.

 

En 1947 contrajo matrimonio con Marguerite McClure a la que sobrevivió pues ella murió en 2003. El matrimonio tuvo cuatro hijas que aún viven. En sus últimos años mantuvo posturas políticas, y de criterio, que le alejaron de su rebeldía contra el stablishment que estaba patente en Crónicas Marcianas. Sus posicionamientos políticos le acercaron más a las ideas ultra conservadoras de la era Bush Jr. que a la tendencia liberal manifestada en sus obras de los cincuenta y sesenta.

Como curiosidad, habría que contar que siempre utilizó una máquina de escribir porque según decía

«una computadora es básicamente una máquina de escribir, y no necesito otra. Con la que tengo me alcanza»[2].

Entre los múltiples premios recibidos, uno de los mas importantes fue la National Medal of Art (Medalla Nacional del Arte), que se le otorgó en el despacho oval de Casa Blanca y de manos del presidente George W. Bush. También recibió en 2007 una Mención Especial del Premio Pulitzer

OBRA LITERARIA


Hay solo dos cosas con las que uno

se puede acostar: una persona y un libro.

 

Bradbury fue uno de los autores que aupó el género de la ciencia ficción, y la fantasía, a cotas de excelencia, no sólo para los lectores del género, sino para los lectores del denominado mainstream. Su gran actividad literaria conjugó casi todos los registros: teatro, novela, poesía, cuentos, guiones de televisión y cinematográficos. Marcó, para muchos estudiosos, la mayoría de edad y la consolidación como género de la ciencia ficción norteamericana, mayoría de edad que coincide con la expansión del género en el resto del mundo. Fue una de las personalidades indiscutibles que trasciende los encorsetamientos del género y que no es desdeñado por la crítica ajena al mundillo de la ciencia ficción. Fue, como ya comenté, un autor reconocido en los ámbitos más generales de la literatura y como bien escribía Pablo Cappanna[3]

«... es una auténtica personalidad poética que canaliza todos los temas de autores anteriores en función de una sensibilidad muy personal y una actitud de rebeldía ante el american way of life ».

Probablemente uno de los motivos para que fuera considerado y reconocido fuera del círculo sectario de la ciencia ficción fue su habilidad u oportunidad para publicar al margen de las revistas de género. Desde el principio, y muy a menudo, sus obras fueron editadas en revistas de gran tirada, las denominadas slick-paper magazines. Esto hizo que pudiera acceder a público no especializado que extendió su obra y que le hizo recibir reconocimiento fuera del género. Según él mismo, no entendía nada de ciencia y sus relatos eran básicamente fantasía sin atisbos del desarrollo de cualquier postulado científico. Bradbury supo hacer ciencia ficción sin ciencia –con mucha ficción, eso sí-, lo que en algunos ambientes académicos viene a ser identificado últimamente como literatura prospectiva. Es esa manera de imaginar diferente, pero con todos los tics de la auténtica ciencia ficción, la que le abrió la puerta de un público más extenso. Aunque no crean que se convirtió en referente de masas y en un superventas, en realidad sólo fue un poco más conocido en ambientes literarios y universitarios, además de los círculos habituales. Prueben a preguntarle a nuestra gente cercana si han oído hablar de Crónicas Marcianas; seguro que les contestarán que era el programa de Sardá –de la misma manera que Gran Hermano es un programa que presenta la escatológica Milá-. Pocos conocerán que las Crónicas Marcianas es una de las joyas de la literatura de ciencia ficcíón, y desgraciadamente tampoco muchos de los aficionados actuales la habrán leído porque se trata de una cosa antigua.

 

Las Crónicas Marcianas es la obra cumbre de Bradbury. Pese a que se insiste mucho en ello, incomprensiblemente por cierto, no se trata de una novela, sino de una serie de relatos escritos en diferentes momentos y recopilados por el autor en una antología que, eso sí, está localizada en el planeta Marte, y usa a éste como escenario de continuidad.

 

Jorge Luis Borges decía el prólogo a la edición de 1955 del libro:

«¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay pocas diferencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para trasmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de sciencie-ficcition? En este libro de apariencia fantasmal, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como las puso Sinclair Lewis en Main Street ».

 

Lo expresado por Borges refleja perfectamente lo que el lector siente cuando lee este libro. Porque este libro trata de sentimientos, de soledades, de la Humanidad en definitiva. No trata de explicar teorías científicas, ni extrapolar inventos al futuro; se trata de condensar lo que en el espíritu humano está siempre presente: los odios, los rencores, la aventura, la imaginación, el amor o  los sentimientos. Sin embargo, y pese a lo que pueda parecer en un principio, es pura ciencia ficción porque estos sentimientos, estas sensaciones, funcionan sólo porque se  producen en un entorno extraño y ajeno al normal.

 

El libro se puede dividir en tres partes fundamentales: Los exploradores (el primer contacto con la civilización marciana), La conquista (la adaptación al nuevo mundo) y La emancipación (la ruptura con la Tierra). Bradbury sigue los esquemas de cualquier colonización centrándose en esos tres grandes periodos.

 

Los relatos que componen el volumen son excepcionales en su mayoría, pero personalmente guardo un imborrable recuerdo por La tercera expedición. Es pura ciencia ficción con un trasfondo terrorífico que resulta inquietante. Borges dijo de ella

 

«Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo».

 

Si Crónicas es el mejor conjunto de relatos sobre la colonización de Marte, la mejor novela  de Bradbury no es otra que Farenheit 451. Fue concebida en la biblioteca de la universidad de UCLA cuando, con una máquina de escribir alquilada, dio forma a la novela en apenas nueve días. Bradbury, un autodidacta sin formación académica reglada, escribió acerca de la educación:

 

«Rodéense de personas que los quieran, y si no los quieren, échenlos. No hay necesidad de ir a la Universidad, donde no se aprende a escribir. Vayan más bien a las bibliotecas».

 

Al margen de las ideas extremadamente simplistas acerca de la educación, hay que reconocer que en el campo literario, la autoformación del autor diio unos frutos inmejorables.

Retomando la novela, hay que decir que la base partía de unos cuentos ya escritos y algunos publicados, como Usher II, incluido Crónicas Marcianas, o la obra de teatro Columna de Fuego. Su editor pidió una ampliación de Usher II y ésta pasó de 25.000 palabras al doble cambiando el escenario de Marte a La Tierra y todos los protagonistas, aunque la esencia es la misma.

La historia está protagonizada por Guy Montag, un bombero tan especial que su tarea consiste en destruir toda clase de libros que, en ese futuro distópico, están prohibidos y perseguidos. Montag es eficaz en su trabajo, pero una serie de sucesos le harán dudar de su misión y pasará de ser un eficiente empleado a un rebelde perseguido.

Está escrita en 1953 y refleja el idealismo que poseía el autor en aquella época, idealismo que se fue atenuando y perdiendo con el paso de los años. Bradbury incide en dos puntos básicos que desarrolla muy extensamente. De un lado tenemos el pesimismo que supone la descripción de una sociedad masificada y sin alicientes. Una sociedad lúdica en la que prima el pensamiento único  y dirigido por el Estado. En un hipotético futuro, que parece que nos ha alcanzado, los medios de comunicación, fundamentalmente la televisión, proporcionan programas dirigidos y digeridos para un público que se limita a mirar sin cuestionar o pensar en lo que está viendo. ¿Por qué será que esta disposición social recuerda tanto a la actual?

Es notable la explicación del capitán Beatty, jefe de Montag, acerca de cómo se llegó a ese estado de cosas: Se abreviaron los años de estudio, se relajó la disciplina, se dejó de lado la historia, la filosofía y el lenguaje... La vida es lo inmediato, sólo el trabajo importa. Divertirse, sí, pero después del trabajo. ¿Por qué aprender algo salvo apretar botones, insertar llaves, ajustar tornillos y tuercas?

Acerca de su novela más famosa dijo Bradbury

«La gente se equivocó. Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro. No quise hablar de la censura sino de la educación que el mundo tanto necesita. Podemos salvar a Estados Unidos, gracias a los niños, si les enseñamos a leer y a escribir a partir de los 3, 4, 5 años para que lleguen a la escuela primaria sabiendo leer. Después, es muy tarde. Cuando en realidad, ya desde muy pequeños, queremos leer las palabras de las historietas».

Sería imposible, por cuestiones de espacio, reflejar aquí toda la obra de nuestro autor. Pero, además de las dos que ya he descrito –que obviamente son imprescindibles- podemos reseñar algunas de las que a mi juicio forman parte de la mejor producción de nuestro autor.

Su gran producción se centró en el relato corto, por otra parte uno de los puntales de la ciencia ficción y de la fantasía en general. Las recopilaciones, que pueden encontrarse traducidas en nuestro país, son una buena manera de acceder a su inagotable e imaginativa obra. De sus antologías podría recomendar sin dudarlo Las doradas manzanas del sol, El Hombre ilustrado, Las maquinarias de la alegría o El país de octubre. En todas ellas encontrarán relatos que producen un agradable encuentro del lector con la literatura, con la palabra, con la reflexión interior y con la melodía de las frases.

En el primero de las antologías se podría destacar el cuento que da título al volumen, Las doradas manzanas del sol, que es tomado a su vez de la última estrofa de un poema de Yates titulado La canción de Aengus el errante. El otro cuento es El sonido de un trueno que comentaré un poco mas adelante, pues sirvió de origen para una película. En El Hombre Ilustrado, el cuento que da título al volumen cuenta la historia de un hombre cuyos tatuajes son fiel reflejo de historias que toman vida propia. Entre otros cuentos destacaría El Cohete, una emotiva reflexión sobre el amor paterno-filial. De Las maquinarias de la alegría uno de los cuentos, ¡Muchachos! ¡Cultiven Hongos Gigantes en el Sótano!, nos narra una historia de terror y ciencia ficción que es desencadenada por un anuncio de trabajo. Ese anuncio, doy fe, fue absolutamente real aunque su finalidad era simplemente una estafa, mas que otra cosa. El que espera es un relato de ciencia ficción que trascurre en Marte, planeta por le que Bradbury sentía una particular fascinación. Podría haberse incorporado a sus Crónicas sin problemas. Por último El país de octubre es la antología que contiene más cuentos de género fantástico, al margen de la ciencia ficción. En estos  relatos, Bradbury da rienda suelta a su imaginación y nos cuenta, con su habitual prosa, historias con un componente puramente onírico y fantástico. 

 

Estos breves esbozos de la obra literaria de nuestro autor, pueden dar una vaga idea de lo que supuso para la literatura fantástica. Pocos otros han conseguido unir fantasía con prosa poética de manera tan eficiente. Bradbury fue un maestro en la descripción de sentimientos. Sus obras llegan más al corazón que al cerebro, si me permiten la cursilada. Pero es cierto. Cunado nos acercamos a sus cuentos, sobre todo, sabemos que vamos a encontrar un espacio para la reflexión, para las ideas, para la humanidad. Porque él hablaba de los seres humanos, no de grandes naves, batallas o mundos extraños. Esa era su excusa, su decorado, para reflejar lo que significa ser una persona, lo que se siente y como se comporta en  determinadas situaciones. El maestro del sentimiento, que no sentimentalismo, nos legó una obra plena de recursos y de belleza. Naturalmente no toda ella cumplió esos requisitos pues, como todo escritor que se precie, muchas de sus historias no cumplieron los mínimos requeridos. Sin embargo, animo al lector a que, si no lo conoce ya, se adentre en su mundo a través de las recomendaciones anteriores. No se sentirán defraudados.

 

BRADBURY EN EL CINE (Y LA TELEVISIÓN)

 

La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa

que convierte en piedra a millones de

personas todas las noches mirándola fijamente,

esa sirena que llama y canta, que promete

mucho y que en realidad da muy poco

 

Como podría ser previsible, Ray Bradbury fue un autor al que su bien merecida fama le llevaron a participar en proyectos para el cine y la televisión. Su paso por los medios audiovisuales, si bien no resultó espectacular, si que dio algunas colaboraciones de excepcional valía.

 

En 1953 se adapta un cuento, perteneciente a Las doradas manzanas del sol, titulado La sirena de  niebla. El cuento habla de la sirena para niebla de un faro, que una vez al año atrae a una criatura antediluviana. La película se titulo en España El monstruo de tiempos remotos (The beast of 20.000 fathoms); fue dirigida por Eugène Lourié y protagonizada por Paul Hubschmid y Paula Raymond entre otros actores. Fue un antecedente del Godzilla japonés, y, aunque no fue el primero en usar a animales gigantes –King Kong es una ejemplo- sí lo fue en presentar a estos como destructores de ciudades. Ray Harryhausen fue el responsable de los efectos especiales, que usaron la animación mediante la técnica del stop motion. Película predecible y que acusa un guión muy lineal y sin ninguna particularidad narrativa.

 

Como guionista, Bradbury firmó, junto a John Huston, el guión para la adaptación al cine de la novela de Melville Moby Dick. La espectacular película contó con la dirección del propio Huston y fue protagonizada por Gregory Peck, interpretando al capitán Ahab.

 

Farenheit 451 se estrena en 1966 y fue dirigida por el cineasta de la nouvelle vague François Truffaut. Después de 4 años de arduo trabajo, de reescrituras de guión y de imposiciones de la Universal –por ejemplo no quemar libros de autores vivos en la época- logra estrenar el film que recoge muy fielmente lo expresado por Bradbury en su novela. Está protagonizada por Oskar Werner, Montag, y Julie Christie que interpreta un doble papel de la esposa de Montag y de Clarisse, la rebelde libroadicta que enamora al bombero. La película fue la única que rodó el director en inglés y fue muy mal recibida por la crítica. Pese a los años que han pasado y la antigüedad que se vislumbra en su ambientación y en los escasísimos efectos especiales. Pese a este envejecimiento, hay otras cualidades que la hacen muy atractiva para los amantes del género. Ahí queda la actuación de Julie Christie, sobre todo en su papel de la alienada esposa, la del jefe de policía, Cyril Cusack, o las escenas en las que vemos a los hombres libros y lo que representan.

 

El hombre ilustrado tiene fecha de 1969 y fue dirigida por el desconocido Jack Smight y contó con  Claire Bloom, Don Dubbins, Jason Evers, Robert Drivas y Rod Steiger interpretando al hombre ilustrado. Es una película que no tuvo distribución en España y que, según la crítica, no augura nada bueno de su visionado. Recojo aquí la opinión en la web Fotogramas.

 

«Adaptación de una novela de Ray Bradbury cuyo visionado televisivo, según Leonard Maltin, sólo puede soportarse gracias a las interrupciones publicitarias. De hecho, su construcción alambicada y confusa mantiene cierta coherencia con los spots que puedan intercalarse durante su emisión. Tiene un planteamiento excesivamente pedante y unos resultados pobres».

Por último voy a recoger aquí una de las últimas adaptaciones al cine, aunque parece ser que se planea el volver a realizar una versión de El Hombre Ilustrado, como es El sonido del trueno. Esta película de viajes en el tiempo se basa en el relato homónimo incluido en la antología Las doradas manzanas del sol. Bradbury describe con mucha maestría las consecuencias de un viaje en el tiempo al pleistoceno. La menor alteración en el pasado provoca unas consecuencias terribles en el futuro, el presente de los viajeros. La película de Peter Hymes -2005- trata el viaje en el tiempo como una aventura caótica. En realidad es la esencia que escribió nuestro escritor, pero el giro que se produce en ella, se traslada al presente en una aventura de acción que no encontramos en el original. Las consecuencias del desastre ocurrido en el pasado se van magnificando a medida que pasa el tiempo, e incomprensiblemente el pasado se apodera del futuro como si la evolución divergente, base del cuento, no existiera. Como aventura funciona, sus efectos especiales y la acción están bien conseguidas, pero como adaptación es muy limitada.

La televisión también aprovechó también el potencial de los relatos del autor. Como ya he dicho anteriormente, sus relatos cortos son muy adaptables sobre todo en forma de capítulos de series. Empezaremos por las adaptaciones que un mago del terror tuvo la osadía, y el buen ojo, de efectuar en los años 60 y en Televisión Española. El director no es otro que Narciso Ibáñez Serrador y la serie la famosa Historias para no dormir. Siendo una serie episódica, Ibáñez adaptó muchos relatos de escritores conocidos, amén de los suyos propios. Entre ellos Ray Bradbury fue uno de sus preferidos. El doble fue uno de los primeros cuentos adaptados, en el que ya se mencionaba el tema del robot que adoptaba la personalidad de otro. Fue protagonizado por  Jesús Aristu, Nuria Carresi y Pilar Laguna. El cohete, con la infalible presencia de Narciso Ibáñez Menta, presento la historia de ese chatarrero tan amante de sus hijos que es capaz de gastarse todo su patrimonio en diseñar un cohete para llevarlos a Marte. Pero también en la radio, Ibáñez Serrador, adaptó al autor norteamericano en una radionovela, a finales de los 60, que se tituló genéricamente Historias para imaginar. En este medio se adaptó al formato radiofónico cuentos tan interesantes como La tercera expedición o ¡Muchachos, cultiven hongos en el sótano!

La televisión norteamericana tuvo la osadía de adaptar Crónicas Marcianas en forma de miniserie de tres episodios en 1980. Fue dirigida por Michael Anderson y contó con los guiones del propio Bradbury y de Richard Matheson. La serie adopta algunos de los relatos que mejor podían funcionar en televisión. Así se reflejaron las historias Ylla, La tercera expedición, Aunque siga brillando la luna,  Los colonos, Encuentro nocturno, El marciano o El picnic de un millón de años.

Una de las características que diferencian a la serie es que, en aras de la continuidad, mantiene a muchos protagonistas en todos los episodios. Rock Hudson, el general Wilder, es el personaje que da continuidad a todos los capítulos, pero también serán recurrentes los personajes de Sam Parkhill (Darren McGavin) y Ben Driscoll (Christopher Connelly). Pese a sus carencias, creo que es imposible reflejar toda la poesía y sentimientos del original, la serie muestra algunos reflejos de su procedencia. No fue una serie al uso, su escasez presupuestaria es notable, pues se trata de algo mucho más intimista y comedida. Pese a todo, en ella están presentes algunas de las buenas historias de Bradbury.

Entre 1985 y 1992 se produjo una serie titulada The Ray Bradbury Theater. Fueron 58 episodios de esta producción canadiense, que aprovechaba el nombre del escritor y algunos de sus cuentos en las adaptaciones. En la primera temporada, el autor, a modo y manera de Hitchcock, presentaba los episodios, dando unas brevess claves sobre el mismo. En las segunda y tercera temporadas la aparición de Bradbury se ceñía a comentar algunas cuestiones al margen del episodio en cuestión. En las demás se obviaron estas presentaciones.

Hubo más adaptaciones de sus obras al cine y a la televisión, pero no tuvieron ningún tipo de relevancia.

CONCLUSIONES

«Me he pasado los últimos setenta años

 de mi vida jugando porque para mí la

 literatura no es un trabajo. Si leo ciencia ficción

 cometería incesto. Quien se dedica a leer en

 el campo en el que escribe o trabaja es un

mal escritor. Raymond Chandler, maestro

de la novela negra, bebió en las fuentes

de William Shakespeare, Pirandello, Lorca».

Ray Bradbury. Entrevista en ABC

 

Es curioso que un autor que se dedicó prácticamente en toda su obra a escribir relatos de género fantástico, mantuviera estas posiciones acerca del género. Pero no es cuestión aquí de criticar sus posiciones literarias o políticas. Sólo he pretendido rendir un homenaje al escritor que tantos ratos de buena lectura me han proporcionado. Un homenaje que ha pasado por recrear lo que a mi juicio ha sido lo mejor de su producción, o al menos la que  me ha producido más impacto como lector, y en ocasiones como espectador.

 

El maestro escribió lo que quiso. Tuvo que enmarcar sus relatos en los mundos de ficción porque, se me hace evidente, es en éste donde se pueden desarrollar temas que son imposibles en el mundo de la narrativa realista contemporánea.

 

Para terminar, les dejo con una frase extraída de una de sus últimas entrevistas en ABC. Sirva como homenaje póstumo al señor de Marte esta reflexión tan lúcida. Sus palabras reflejan muy bien lo que muchos pensamos y decimos:

 

«[…] si no tienes libros no puedes ser parte de una civilización ni de una democracia».

 

© Alfonso Merelo 2012-2013



[1] Where no man has gone before es la frase final de la apertura de la serie clásica de televisión Star Trek.

 

[2] De la entrevista de Gabriel Lerman. http://www.mural.com/cultura/articulo/369587/

[3] Cappana, Pablo. El sentido de la ciencia ficción. Columba. Buenas Aires 1966

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